viernes, 21 de febrero de 2014

El bastón, el complemento ideal para el caballero decimonónico

El bastón es símbolo de elegancia y prestigio. No es sólo una herramienta que nos ayuda a caminar o a sostenernos sino que durante mucho tiempo, ha sido un elemento de prestigio para hombres (pero también para mujeres). Charlot, Fred Astaire... son algunos de los mitos cinematográficos que permitieron a esta vara, continuar teniendo su propia iconografía.

La Biblia es uno de los primeros textos de los que tenemos constancia en los que aparecen referencias a los bastones, pues transformó el agua del Nilo en sangre y procuró agua al golpear una roca en el monte Horeb. Andando el tiempo, sirvió de apoyo a los peregrinos durante la Edad Media pero también el bastón ha sido atributo de obispos y gobernantes.
 
Además, no sólo los hombres gozaron de su uso: los ejemplares femeninos solían ser más ligeros y con una mayor carga decorativa y los hay incluso en cuyo mango existe un extremo para guardar el abanico o un recipiente con maquillaje.


La finalidad de los bastones, masculinos o femeninos, es variado: expositiva o decorativa, conmemorativa, práctica, bastones de mando militar o institucional... y los materiales eran diversos: predominaba la madera pero también los había de materiales preciosos como el oro y la plata, el carey, el cristal de colores o incluso la porcelana, puesto que se trataba de piezas utilizadas como joyas o elementos distintivos sin intención práctica en muchos casos.
 
Los tipos de bastón se pueden clasificar en cuatro grupos:
 
- Con la curva clásica en la parte superior: de gran difusión en todas las épocas y uso exclusivamente matutino.
- El "milord" se utilizó sobre todo en Inglaterra durante los siglos XVIII y XIX. Con remate en la parte superior de forma recta.
- Con empuñadura de tipo pomo, que puede ser aplanado, torcido hacia un lado o bien de forma irregular.
- El bastón con empuñadura de ópera, muy difundido haca finales del siglo XIX en ambientes de época.  
 
La variedad de los modelos a lo largo del siglo XIX, momento de esplendor de estas piezas, es muy interesante pues en la primera mitad de la centuria, en Inglaterra sobre todo, se ven empuñaduras con cabeza de animal que incluso pueden ser autómatas y con un resorte, estirar las orejas o abrir la boca. El amor de los británicos por perros y caballos se plasma a la hora de elegirlos como motivos decorativos de los puños, que se verán rematados también con gatos, aves o conejos.

 
Desde la década de 1820, el bastón se convierte en un objeto que maca el estatus social de su portador, por lo que es utilizado a menudo por la burguesía, creándose así un protocolo. A mediados del siglo XIX el bastón era ya un elemento imprescindible para todo caballero distinguido.
 
Una de las producciones más antiguas y prestigiosas es la inglesa. La casa Swaine, Adeney y Brigg de Londres se funda en 1750, alcanzando gran fama en el siglo XIX por la calidad de sus detalles. En Francia es particularmente famosa la Maison Antoine, que produce bastones desde 1760. De hecho, son de procedencia francesa los femeninos y los llamados "estratégicos", que son los que se pueden transformar en objetos diferentes a los que aparentan en un primer momento.  
 
Los bastones estratégicos son una curiosidad decimonónica y en las diversas soluciones podían pasar desde incorporar un reloj o una brújula a incorporar un metro aquellos que fueran realizados para los sepultureros o enterradores, que debían medir ataúdes. También los había con pipas de fumar, para introducir algunas medicinas, aparejos de pesca o un pequeño asiento para transformar el asiento en silla, así como unas ruedas que conformaban una especie de bicicleta. No obstante, estas piezas de doble uso estaban realizadas en su mayoría por encargo.
 

Muy famosos son los bastones estoque, que incluyen en el interior de la vara una espada. Es, por antonomasia, el bastón victoriano y los que tenían una hoja toledana eran los más demandados.

 
Texto íntegro: "Bastones: signo de distinción y capricho de los coleccionistas" de Raquel Sigüenza. Revista Subastas Siglo XXI, julio 2012.

miércoles, 12 de febrero de 2014

El corsé de Isabel II

Sabemos que existen chalecos que salvan vidas pero ¿corsés?
 
Ésta es la historia del corsé de Isabel II, una prenda que actualmente se encuentra en los almacenes del Museo Arqueológico Nacional de Madrid con las marcas de aquella aventura del que fue protagonista.
 
 
Se sabe que Isabel II sufrió varios atentados frustrados contra su vida aunque el más conocido fue el que cometió el cura Martín Merino en 1852. El sacerdote había sido ordenado en 1813 (en plena guerra de la Independencia) y su carácter siempre había chocado con la corona española. Ya en 1822 fue apresado por insultar públicamente a Fernando VII, a quien se dirigió con una Constitución de 1812 en una mano y una pistola en la otra y le dijo "O te la tragas o te mato".
 
Sin embargo, por lo que se le recuerda es por el episodio acontecido el 2 de febrero de 1852, cuando la reina Isabel II acababa de dar a luz a la princesa de Asturias, Isabel "la chata", a quien se disponía a presentar en la basílica de Atocha de Madrid. Martín Merino salió de su casa de la calle del Triunfo (antes Calle del Infierno. Tiene su ironía...) y acudió a la madrileña iglesia con un puñal oculto bajo el hábito talar. La reina Isabel II acudía a misa por primera vez tras alumbrar a su hija y dar gracias por tan venturoso parto, pues sus dos anteriores hijos habían muerto. Fue al salir del oficio cuando Merino, uno más de los sacerdotes que pululaban por el lugar, se inclinó ante ella como si fuera a entregarle algún documento. Por sorpresa, el cura lanzó a la reina una puñalada a tiempo que exclamaba: "Toma, ya tienes bastante". El cuchillo sin embargo se enganchó en las ballenas del corsé de la reina, así que la puñalada se desvió y causó sólo un leve rasguño a su majestad.

 
Inmediatamente el cura fue detenido y declaró que tenía planeado matar a la madre de la reina, María Cristina de Borbón y al presidente Ramón María Narváez. En el juicio celebrado al día siguiente, y al que Merino declinó asistir, fue condenado a morir por garrote, siendo ejecutada la sentencia el 7 de febrero.  "Mi celebridad se quedará en las estamperías", aseguró Martín Merino días antes de ser ejecutado en Madrid por regicida.