martes, 6 de junio de 2017

Los gimnasios en el siglo XIX

En la actualidad, la sociedad vive concienciada de que hacer deporte es sano, que hay que mantenerse en forma y que además fortalece los músculos y nos ayuda a perder ese peso que hemos ido ganando a base de comer de más y andar menos. 

Hacer deporte no es nada nuevo. Ya los griegos y los romanos veneraban el cuerpo y la mente con una serie de ejercicios que fortalecían los unos y los otros. Las guerras y los trabajos físicos en el campo ayudaban a la gente a mantenerse en forma aunque más por obligación y necesidad que para cultivar la mente y el cuerpo sano. Durante el Renacimiento los paseos comenzaron a implantarse entre las clases nobles y así comenzaron a surgir parques y jardines destinados al disfrute de los sentidos y de aquellos que se adentraban en sus profundidades. El siglo XVIII potenció esas largas caminatas junto a la caza entre los aristócratas y en el siglo XIX se extendió a la clase burguesa que intentaba imitar estratos sociales más elevados. Y aqui es donde comienza a surgir de nuevo ese culto por el cuerpo y por mantenerse vigoroso el hombre, fuerte en constitución y musculoso en complexión. Unida a la revolución industrial, surgen máquinas para ayudar a los deportistas a que, reforzados por aparatos novedosos movidos por pesas y poleas, encuentren disfrute. En recintos apropiados para ellos, los caballeros pueden realizar deporte con la ropa adecuada sin que por eso se les llame al orden público por escándalo.



Pero en el siglo XIX no solo los caballeros van a disponer de esas máquinas. Muchas damas, bien por prescripción médica contra la histeria, bien por demostrar a la sociedad que ellas también pueden ejercitarse, acuden a estos recintos a mantenerse. 















Y junto a ellas, niños en edad de crecimiento cuyos músculos están en desarrollo o que comienzan a desarrollar atrofia, también son aptos para acudir a estos lugares. Muchas de las máquinas que vemos en estas fotografías, tomadas en el último tercio del siglo XIX que es cuando más proliferan, fueron diseñadas por el doctor sueco Gustav Zander, un médico ortopedista que entendió la necesidad social del deporte y ofreció al público lo que demandaba.

Aunque en muchas ilustraciones las máquinas nos recuerden más a instrumentos de tortura, lo cierto es que los gimnasios proliferaron a lo largo de toda Europa en la década de 1880 (más tarde se extendieron a EEUU) y la sociedad ganó calidad de vida combatiendo la fatiga, el cansancio, la histeria, la atrofia muscular y otras enfermedades. 




martes, 2 de mayo de 2017

Jane Austen en la Fundación Juan March de Madrid

La programación de la Fundación Juan Marcha de Madrid nos acerca en su ciclo de conferencias al personaje de Jane Austen, comentando su vida, su obra y su tiempo. Para todos aquellos que estén interesados en la escritora inglesa, en una de las plumas más importantes de la literatura anglosajona del siglo XIX, las conferencias tendrán luhar el 25 y el 30 de mayo en el Salón de actos de la Fundación, en a C/ Castelló 77 de Madrid. La hora de comienzo es a las 19:30. 


Para aquellos que no puedan asistir, se podrá seguir en directo en el Canal March. 

lunes, 1 de mayo de 2017

Star Wars en la época victoriana

En alguna ocasión, lo actual o incluso lo futurista se ha mezclado con la época victoriana, como algunas series de televisión, películas, exposiciones o novelas. La imaginación del ser humano no conoce límites pero hasta ahora no habíamos fantaseado con trasladar a los personajes de "La guerra de las galaxias" hasta el siglo XIX y dotarlos de una indumentaria y de una ambientación totalmente decimonónica. ¿O sí?. 



Al ilustrador canadiense Terry Fan se le ocurrió trasladar a C3PO, Dark Vader, Yoda y al General Fett entre otros hasta tiempos lejanos y así demostrar que la fantasía no conoce de fronteras, ni temporales ni artísticas. Y así es como los retrata, como caballeros del siglo XIX con sus sombreros de copa, gabanes, chalecos de los que sobresale la leontina y el reloj de bolsillo... creando auténticas "cartes de visite". 

La galaxia ha llegado a un tiempo muy, muy lejano, está visto. 



jueves, 20 de abril de 2017

Lucy Beaman Hobbs Taylor, la odontóloga pionera

Lucy Beaman Hobbs Taylor fue la primera mujer graduada en Odontología en el mundo. En 1866 obtuvo su diploma universitario en Cincinnati (EE.UU), en la Ohio College of Dental Surgery. Ella deseaba ser médico, pero ninguna universidad norteamericana de la época la aceptó por ser mujer, entonces decidió entrenarse como dentista y después de varios años de práctica sin diploma la universidad permitió su inscripción.

                                                     
Lucy nació en 1833, fue la séptima de diez hermanos nacidos en una pequeña cabaña de troncos en Ellenburg Town, New York. La vida era dura en aquellos tiempos, y para añadir a la triste niñez de Lucy, su madre muere cuándo ella tenía diez años, y su madrastra (ya que su padre pronto volvió a casarse) murió cuando ella tenía doce. Junto a un hermano mayor ingresa a la Academia Franklin en Malone, donde se convierte en maestra en 1849.

Ejerció varios años en escuelas de Brooklyn hasta que se muda a Ohio donde intenta sin éxito estudiar medicina y más tarde odontología, siendo rechazada en todas las universidades del país con el único argumento de su condición de mujer. Su valor extraordinario, motivación y orgullo determinaron que finalmente hicieran caso a sus pedidos y fue aceptada como alumna haciendo una carrera brillante.

                              
Con 33 años de edad, Lucy Hobbs se convirtió en la primera mujer en obtener un diploma universitario como dentista y luego también en la primera mujer en ser admitida como miembro de una sociedad odontológica. Incluso fue la primera mujer en la historia de la Odontolgía mundial en presentar un trabajo científico ante una Sociedad Dental. Después de su graduación, abrió un consultorio en Chicago y, en 1867, contrajo matrimonio con James Myrtle Taylor, un veterano de la guerra Civil que había sido su paciente. Escapando de los fríos inviernos de Chicago, se mudaron a Kansas y Lucy comienza a enseñarle a su marido el arte y la ciencia de la odontología. Practican juntos la profesión en la ciudad de Lawrence, entre los años 1867 a 1907.

                                             
James muere en 1887 y Lucy muere poco tiempo después de retirarse, el 3 de octubre de 1910. Fue sepultada al lado de su esposo en el cementerio de Oak Hill, Kansas. Su diploma se conserva en la colección del museo State Historical Society en Topeka como un significativo documento histórico.

La determinación de esta mujer abrió el camino a la causa de muchas otras mujeres y su espíritu ha sido un ejemplo de esperanza y valor y la guía para muchas otras luchadoras de los derechos de la mujer.

jueves, 16 de marzo de 2017

El crímen de Orcival de Émile Gaborian

Nos declaramos lectores incondicionales de la Editorial D'Epoca y de los misterios que se escribieron en el s. XIX. Aunar dos de nuestras pasiones y que de ello nazca una novela como "El crimen de Orcival" (452 páginas, PVP: 24,90 euros, con ilustraciones de Iván Cuervo. Incluye como obsequio marcapáginas y lámina réplica de la ilustración de cubierta) es sencillamente gratificante.

 
Sinopsis: Se ha cometido un asesinato en el Castillo de Valfeuillu, propiedad del conde de Trémorel. Mientras la policía local de Orcival está convencida de haber encontrado a los culpables y da por concluida su línea de investigación, llega un detective especial de París que se hace cargo del caso y reinicia la investigación con sus propios métodos...
 
Con una soberbia introducción de Juan Mari Barasorda en la que hace un repaso por las novelas de detectives más importantes durante el siglo XIX, sus diferencias y similitudes, lo importante no es descubrir para darle el pódium al escritor que elaboró por primera vez en la literatura decimonónica el personaje del detective amateur sino el analizar qué hace de ese personaje, un gancho para los lectores de entonces y los de ahora.
 
 
La novela encierra un misterio, un asesinato que se presenta en las primeras páginas y que en pocos capítulos, el lector ya sabe desentrañar. A Gaborian le interesa menos el caso que los personajes y sobre todo, el método deductivo que Lecoq lleva a cabo. La primera mitad del libro, más ágil por cuanto encierra el asesinato y las pistas, da paso a una segunda mitad en la que se conoce más a fondo al cuarteto protagonista: Héctor, conde de Trémorel, su esposa Berthe, Clément Sauvresy y Jenny Fancy. Otros personajes como la señorita Laurence Courtois o el padre Plantat también están muy definidos tanto por sus actos como por sus sentimientos. No es una novela de misterio propiamente dicha (aunque sí que encierra varios y sobre todo, un asesinato), sino más bien una en la que, a través de varios enigmas que el autor nos propone, nos sumergimos psicológicamente en el carácter de nuestros protagonistas. De ágil lectura, esta historia redactada en 1866 contiene más diálogos que descripciones y Gaborian, consciente de que no debe aburrir a sus lectores, propone primero un juego de pistas y luego un flashback para que conozcamos la vida anterior de los personajes en una sociedad francesa en la que nada era lo que parecía ser de puertas para fuera.