viernes, 2 de diciembre de 2016

Las ejecuciones en el siglo XIX


Es bien sabido que la muerte siempre ha formado parte de la vida y en el siglo XIX, a la alta mortalidad (infantil y adulta) hay que añadir la pena de muerte que se impartía en la mayoría de los países y que era legal para castigar a aquellos condenados por algún delito. No en vano, nos viene a la memoria el famoso poema de José de Espronceda dedicado a un reo de muerte anónimo.
 
Las ejecuciones eran espectáculos públicos en los que el pueblo disfrutaba y que podían congregar incluso a 30.000 personas. Servía como entretenimiento pero los poderes públicos también lo veían como una “lección moral” en la que los espectadores acudían a ver el triste final de un condenado como pena capital por cometer el mal.
 
 
El siglo XIX gozó de muchas ejecuciones memorables (como la de Mary Ann Cotton) que no pasaremos a detallar. Sí que mencionaremos que en este siglo vivió el verdugo que ejerció como tal durante más tiempo. Era inglés, asumió su cargo en la cárcel de Newgate (Londres) durante 45 años (concretamente de 1829 a 1874) en los que llevó a cabo unas 450 ejecuciones y se llamaba William Calcraft. Era común en aquellos tiempos que los ahorcamientos se llevaran a cabo mediante el estrangulamiento pero este método causaba mucho sufrimiento a los condenados, que tardaban varios minutos en morir. Calcraft propuso para ajusticiar a los reos el método de la fractura vertebral, que causaba la ruptura de la médula espinal y por lo tanto, una muerte casi súbita. Para conseguir esto, él mismo tiraba de las piernas de los ejecutados cuando los ahorcaban o se colgaba de sus cuerpos. El escritor Charles Dickens estuvo presente en una de sus ejecuciones y quedó tan horrorizado que escribió una carta a “The Times” para denunciar estas prácticas.
 
 
Finalmente, ante un espectáculo tan atroz, en 1868 Inglaterra prohibió las ejecuciones públicas y Calcraft tuvo que seguir haciéndolas en privado, convirtiéndose así, en toda una leyenda de las ejecuciones del siglo XIX.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Concurso de postales de Navidad

Se acerca la Navidad y queremos compartir con vosotros toda la magia de otros tiempos. Como en ediciones pasadas, os invitamos a crear una postal navideña con la que poder felicitar a todos nuestros amigos a través de las redes sociales y que refleje nuestro espíritu anacrónico y nuestra admiración por el pasado.
 
El concurso es sencillo. Las bases para participar son las mismas que las de los sorteos anteriores:
 
•Pueden participar todos aquellos que:
 
 - nos tengan agregados a su twitter o Facebook, nos siguen en el blog o sean miembros del foro.
 
- residan en territorio nacional
 
•Teneis que enviarnos a anacronicos.recreacion.historica@gmail.com una postal de Navidad elaborada por vosotros. Se aceptan hasta un máximo de dos por persona y éstas pueden ser dibujadas, pintadas, recortadas, fotomontaje... pero tiene que tener como motivo principal la Navidad y un guiño al pasado.

Podeis enviarnos vuestras postales de Navidad hasta el 16 de Diciembre. Una vez transcurrido este periodo se valorarán las postales candidatas y se seleccionará un ganador poniéndose en contacto con él a través del correo electrónico proporcionado para enviarnos su postal.

Gracias a la generosidad de Editorial D'Epoca sorteamos dos premios: para la postal ganadora, el pack de "El misterio de Gramercy Park" de Anna K. Green y "Valancy Stirling" de Lucy Maud Montgomery,






y para la segunda postal ganadora, "Julia Bridge" de Henry James y "Reencuentro" de Margaret Deland.


 
Se trata de volúmenes magníficamente encuadernados, con una calidad literaria sobresaliente que anima a sumergirte en cada una de las historias y a vivir en primera persona las vicisitudes por las que pasan sus protagonistas.



 ¡Esperamos vuestras postales!

sábado, 5 de noviembre de 2016

Adulteraciones y alteraciones alimentarias en la época victoriana

Hasta comienzos del siglo XIX, el hombre consumía lo que la tierra le suministraba, en el lugar y la época precisa.
 
Durante la era victoriana tuvieron lugar importantes cambios demográficos sobre todo en las grandes ciudades.  Fue entonces cuando aparecieron nuevas técnicas en el procesamiento de los alimentos.
Dos de los alimentos de mayor consumo entre la población que eran el pan y la leche, sufrieron importantes  adulteraciones produciendo graves enfermedades e incluso la muerte, sobre todo en la población infantil.
 
El pan más apreciado por entonces era el blanco, considerado como privativo de las clases adineradas. Esto llevó  a los comerciantes sin escrúpulos a adulterar las harinas, mezclando las de baja calidad y más oscuras con tiza o yeso. Para blanquearlas utilizaban  alumbre (sulfato de potasio y aluminio) o sulfato de zinc. Los efectos sobre el  organismo solían ser diarreas, gastritis crónicas y malnutrición, siendo los niños los más afectados.


En 1868 apareció en Inglaterra la primera legislación sobre seguridad alimentaria, pero las medidas para los infractores no eran duras y por tanto carecían de efectividad. Además hay que tener en cuenta que la falta de técnicas capaces de detectar la adulteración permitía que tales prácticas pasaran inadvertidas con el consiguiente riesgo para la salud.
 
Aparte del fraude evidente, otras veces era la ignorancia la causa de múltiples enfermedades alimentarias. Una persona que contribuyó a propagar errores de consecuencias letales fue Mrs.Beeton, que en su libro de 1888 titulado "Book of household management" recomendaba ardientemente  el uso de bórax (compuesto de boro) para "purificar la leche". Es cierto que este compuesto añadido a la leche agria conseguía eliminar el olor y  mejoraba su sabor, pero lo que Mrs. Beeton desconocía es que la ingesta de cinco gramos de bórax añadido a la leche podía ser mortal para un niño. Aparte de su toxicidad, el bórax no eliminaba las bacterias y por causa de las mismas se podían contraer enfermedades como la brucelosis (caracterizada por fiebres altas y cambios bruscos de tempertura) y la tuberculosis bovina que es una clase de tuberculosis no pulmonar que causa daño en los huesos, atrofia, deformación masiva de la columna vertebral y si llega a oprimir la médula puede producir parálisis e incluso la muerte.
 
 

sábado, 8 de octubre de 2016

Maximilien Heller de Henry Cauvain

Hay portadas que llaman poderosamente la atención y también editoriales a las que uno sigue por su calidad, porque sabe que no le van a defraudar y porque traducen títulos inéditos al castellano de novelas del siglo XIX y de comienzos del XX que es lo que a nosotros, tanto nos atrae. Así, Editorial D'Epoca vuelve a enganchar a lectores masculinos como femeninos en una historia que no conoce género, sólo ávidos apasionados de los misterios y de los enigmas detectivescos.
 
Acostumbrados a la literatura decimonónica, Cauvain nos resultaba un auténtico desconocido así que entre la portada (muy bien escogida la ilustración, como siempre), la sinopsis, el que se encuadre dentro de “Misterios de época” (que tan apasionadamente seguimos) y su cuidada edición, no nos hemos resistido a su lectura.
 
Sinopsis: Imaginemos la larga silueta de un joven. Es un detective privado prodigiosamente dotado para la observación y la deducción lógica, misántropo, adicto a las drogas y experto en química y en las ciencias forenses de la época. Así mismo, es un gran maestro en el arte del disfraz y sus audaces hazañas son narradas por su amigo y confidente, un médico. Otro doctor aterroriza y fascina por igual a nuestro héroe. El joven se ve involucrado en un caso de asesinato cuando su vecino, Jean-Louis Guérin, es acusado de haber envenenado con arsénico a su señor, el banquero Bréhat-Lenoir.
Publicada por primera vez en 1871, son muchas las similitudes que Heller guarda con el detective más conocido de la literatura victoriana: Sherlock Holmes, cuyos primeros pasos los dio en 1887, 16 años después de la novela que tenemos entre manos. ¿Inspiración o copia por parte de Conan Doyle? Juzguen ustedes mismos al leer la novela pero los puntos en común son claros y están visibles. La introducción que la editorial realiza de la novela a cargo de Susanna González y Rosa Sahuquillo hace que cada uno saque sus propias conclusiones y las ilustraciones originales de Iván Cuervo ayudan a que imaginemos con mayor precisión una trama muy bien consolidada con misterios y enigmas, asesinatos, robos, cambios de identidad, disfraces y una resolución al alcance de la mano de cualquiera que haya estado atento a las “pistas” que Cauvain nos ha ido dando a lo largo del relato.

La obra se divide en dos partes y en una conclusión. La primera, redactada por el doctor y buen amigo de Heller, nos introduce en la trama. La segunda, realizada a modo epistolar por las cartas de Maximilien, nos conduce al desenlace. ¿Quién puede no caer en la tentación de disfrutar de un buen misterio mientras se siente fascinado por el personaje que preludiaría a Sherlock Holmes?

domingo, 25 de septiembre de 2016

Evolución de la moda femenina en el siglo XIX

El siglo XIX es una época compleja en cuanto a moda se refiere, por los continuos cambios que la indumentaria sufre en comparación con los periodos anteriores. A continuación, os mostramos, a nivel genérico y de manera breve, un resumen de la moda femenina a lo largo de este siglo decimonónico.

Comenzamos en los albores de 1800 con un vestido que estaba en boga en Europa. Venía del traje Camisa de finales del siglo XVIII que tanto potenció María Antonieta y que tomó el nombre de vestido Imperio en Francia o vestido regencia en Inglaterra. Se trataba de un diseño sencillo, de colores claros para doncellas y más oscuros para damas casadas y realizados con telas muy ligeras y con caída como sedas, muselinas y algodones. El corte, en vez de llevarlo a la cintura como era lo habitual, se subió hasta cortarse a la altura de debajo del pecho, sin marcar caderas ni cintura y largo hasta los tobillos (hacia 1812 comenzó a acortarse hasta dejar ver los tobillos). En las adaptaciones cinematográficas de las novelas de Jane Austen o en "Guerra y Paz" podeis contemplar este tipo de trajes.


Las mangas cortas eran de tipo farol y las largas, ajustadas y rectas. Bajo el vestido se usaban ligeras enaguas de algodón y el corsé, que podía ser corto (sólo de pecho) o largo (hasta la cadera). En invierno, las damas utilizaban abrigos de lana fina aunque el modelo más utilizado fue la Spencer , una chaquetita de manga larga y de cintura corta. En otras ocasiones los vestidos se cubrían con chales o mantones.


El cabello (siempre recogido) se cubría con los llamados bonetes, un sombrero ancho que se ata bajo la barbilla.

Hacia 1820 este vestido Imperio comienza a mostrar una serie de cambios que se hacen más vistosos en los años 30: el talle se alarga de nuevo hasta la cintura, el largo del vestido se acorta hasta mostrar los tobillos. mangas de jamón y el traje se hace más recargado. El corsé vuelve a marcar la silueta de la dama y se ponen de moda los peinados jirafa. Es el llamado "vestido romántico" que se exportará desde Inglaterra con el entronamiento de la reina Victoria por toda Europa (en España coincidirá con el reinado regente de María Cristina, madre de Isabel II). Los colores, debido a la revolución industrial, son muy alegres y los escotes generosos.


El amplio vuelo de las faldas se conseguía con varias capas de enaguas. Como cada vez se necesitaban más capas de sayas para ahuecar la falda se inventó una jaula llamada miriñaque o crinolina (porque estaba confeccionada con las crines de los caballos) para soportar el volumen de una falda que hacia 1850 comenzó a hacerse cada vez más voluminosa, dando lugar al llamado traje de crinolina o miriñaque.
 





 
Se caracteriza porque el cuerpo se ciñe extremadamente a la cintura y vuelve a marcar la silueta del reloj de arena. El corsé se aprieta hasta ser una segunda piel mientras que de la cintura nace una falda con un vuelo exageradísimo que no estuvo exento de caricaturas y ridiculeces en prensa. Por lo general, en la década de 1840 y 1850 gustan los volantes mientras que en 1860 se simplifica y los volantes desaparecen.






Es el vestido con el que se identifica actualmente a la dama del siglo XIX y del periodo central de este siglo, coincidiendo con el esplendor del Imperio británico y de la era victoriana. Precisamente, debido a la actitud moralizante de la reina, que se exportó creando una serie de normas reguladoras del comportamiento que debía seguirse, los escotes de los trajes de paseo son elevados, la longitud del vestido tan largo que no deja ver si quiera el zapato y el negro se impuso como el color elegante que toda viuda debía llevar.

Hacia 1865 la crinolina comienza a abultarse en la zona trasera y a crear un abullonamiento que da lugar al estilo polisón. El cuerpo se ciñe cada vez más potenciando el busto, la cadera y haciendo una figura estilizada y muy alargada. Las sedas de diferentes colores (sobre todo el morado, que se puso muy de moda), los terciopelos, satenes y algodones o lanas fueron los materiales más demandados.


Los sombreros eran pequeños, de ala corta pero muy recargados en sus adornos, que incluían plumas.

Hacia 1880 el talle se hizo cada vez más ajustado creando el estilo princesa o Natural Form y en el que las damas apenas podían caminar debido a la estrechez del traje y a sus múltiples costuras que le impedían sentarse y respirar cómodamente.


Hacia 1890 finaliza el imperio del polisón y nace lo que se ha venido denominando "traje sastre" que anticipa el periodo eduardiano inglés (llamado así por el príncipe Eduardo, posteriormente rey a la muerte de su madre Victoria) o Belle Epoque. La mujer comienza a interesarse por los deportes: sale a pasear en bicicleta, juega al tenis, a darse baños de agua en el mar y a pasear con un traje de tres piezas: falda recta con más o menos vuelo pero sobre todo funcional, camisa de cuello alto y chaqueta. 


Cada vez más damas usan (ante el escándalo de una sociedad aún conservadora) los bloomers o pantalones bombachos.


No hay que olvidar la moda infantil, en la que los niños visten como los padres, siguiendo las mismas modas que los adultos en todas las épocas y tampoco podemos despedirnos sin hablar de que, junto a esta indumentaria, es requisito imprescindible hablar de los complementos más utilizados por las mujeres del siglo XIX. Ésos eran los bolsos pequeños (en el periodo Regencia llamados "ridículos" por su tamaño), las sombrillas para mantener un cutis lo más blanco posible y así distinguirse de las clases trabajadoras que estaban curtidas al sol y morenas, las joyas, abanicos, sombreros sujetos a menudo por agujas de pelo...
 
Para ampliar este breve resumen por la historia de la indumentaria femenina del siglo XIX os recomendamos las publicaciones del Museo del Traje, las del Museo del Romanticismo, así como algunas monografías como las de Pablo Pena, gran estudioso del tema.