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lunes, 14 de julio de 2014

Los veranos de la "Belle Epoque" española

Hoy en día es costumbre en España irse a la playa en verano y pasar el día contemplando el mar o bañarse para ahuyentar las altas temperaturas pero ¿pasaba lo mismo a finales del siglo XIX y principios del siglo XX? ¿Desfilaban los canotier y los tiesos bigotes de los señores y los trajes de baño intachablemente puritanos de las damas por estos oasis estivales? La respuesta es sí para ver y dejarse ver más allá de las famosas ciudades balneario europeas que tanta fama alcanzaron fuera de nuestras fronteras.


A finales del siglo XIX y principios del siglo XX eran varias las ciudades que se engalanaban para la llegada de los reyes (con su respectivo séquito de marqueses, condes y duques) para disfrutar de los baños de ola.
 
SANTANDER fue la elegida para los últimos veraneos de Alfonso XIII por tres motivos:
 
- su abuela, Isabel II la había visitado en 1861 buscando una solución a sus afecciones de la piel y le había gustado la playa del Sardinero.
 
- la reina Victoria Eugenia, nacida en Escocia, cuando visitó Santander le recordó su tierra natal por su arquitectura, su paisaje y sobre todo por su clima.
 
- el mismo Alfonso XIII no encontró un lugar mejor para disfrutar de sus deportes favoritos como el tenis, el polo, la vela o la caza.


Por estas razones, durante 17 años y hasta la proclamación de la segunda república, disfrutó la familia real de su paisaje estival. La ciudad le regaló a los reyes el Palacio de la Magdalena (sí, el mismo donde se ha rodado la serie española "Gran Hotel").
 
SAN SEBASTIÁN y su playa de la Concha fueron el lugar elegido por la reina viuda Mª Cristina, madre de Alfonso XIII, donde veraneó durante 30 años hasta 1928. El Palacio de Miramar era la residencia real donde la Corte y ella se trasladaban todos los veranos. Por imitación, la élite social europea también tomó como destino esta ciudad vasca convirtiéndose así la playa de la Concha en el eje de la vida social.


Hoy en día la ciudad, en honor al amor que la reina sentía por este lugar, se puede encontrar un puente, una calle y un famoso hotel con su nombre.
 
LA TOJA: En 1899 abrió sus puertas el primer balneario y ocho años más tarde, en 1907 el Gran Hotel, un resort de lujo inspirado en otros europeos y donde se hallaba reposo, se dejaba uno ver  se podían jugar las siempre famosas partidas de póquer y bridge. "La chata" (llamada así a la infanta Isabel, hija de Isabel II) era una de las habituales de este glamuroso balneario.


SAN LÚCAR DE BARRAMEDA ya era famoso por haber sido la estancia de la Duquesa de Alba con su séquito mientras Goya les acompañaba y creaba su Álbum A de dibujos (h. 1795). No obstante, fue a mediados del siglo XIX cuando esta "San Sebastián del Sur" despertó socialmente y atrajo a nacionales y forasteros para sus baños de mar. En 1845 se fundó la Sociedad de carreras de Caballos y en 1849 llegaron a la ciudad los duques de Montpensier (Antonio de Orleans y Mª Luisa Fernanda de Borbón, hermana de Isabel II) con su corte de nobles, políticos y artistas que impregnaron la ciudad de un carácter cosmopolita y refinado.


En unas décadas, llegó a ser el centro de veraneo del sur de España. Las carreras de caballos en la playa eran el acontecimiento social del verano.


GIJÓN también cobró popularidad hacia 1920 con sus corridas de toros a las que llegaban grandes figuras de la época como Belmonte, Vicente Pastor o Bombita y por su Semana Grande que coincidía con las fiestas de Begoña en agosto. Alfonso XIII organizaba las regalas náuticas siendo el presidente de honor del Real Club Astur de Regatas y su hijo, Alfonso de Borbón, príncipe de Asturias, fue invitado de honor en 1925.


Bibliografía: Alfonso Pérez- Ventana: "Los veranos de la Belle Époque española.  Reportaje Hoy Corazón. Agosto 2013.

jueves, 1 de agosto de 2013

Vicente Palmaroli (1834 - 1896)

Autor poco conocido y aún menos estudiado (solo se ha publicado una biografía sobre él, "Vicente Palmaroli" de Rosa Pérez y Morandeira, tesis doctoral de 1958 publicada luego en 1971 por el CSIC), el Museo del Prado y otros museos de provincias conservan bastante obra suya, siendo un gran cronista de su tiempo y reflejando temas muy decorativos y atrayentes para la sociedad del momento, que demandaba cuadritos "de salón" de estética intimista y escenas cotidianas.
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
A pesar de su apellido italiano, Vicente Palmaroli González nació (1834) y murió (1896) en Madrid. Su padre, también pintor, le inculcó el amor por los pinceles, matriculándole para estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Se marchó a Roma a completar su formación, conociendo a otros compañeros españoles que también residían en la capital italiana como Casado del Alisal, Rosales o Fortuny y obteniendo dos medallas como premio por la presentación de sus trabajos. También estuvo en París.
 
 
A su vuelta a la corte madrileña es ya un artista consagrado. Sigue acaparando premios y distinciones y durante esa época, se convierte en un prestigioso retratista, realizando múltiples y famosos retratos: Sofía Reboulet, esposa del pintor, Retrato de la infanta Isabel de Borbón, Retrato de la duquesa de Bailén, Retrato de doña Hersilia Castilla, Retrato de Amadeo I de Saboya y Retrato de Antonio Alcalá Galiano.
 
 
 






Desde 1894 y hasta su muerte ejerce como Director del Museo del Prado, creándose bajo su mandato una comisión del Museo para que a partir de entonces, las obras donadas al Museo fuesen examinadas para aceptar o rechazar su admisión, a fin de controlar la calidad de estas.
 
 
A su muerte, el Museo del Prado disponía de poca obra suya. La que hoy en día admiramos de él fue fruto de un programa de recopilación y adquisición que realizó Vicente Palmaroli Reboulet, su hijo, embajador español en distintas cortes europeas, quien empleando su propio dinero fue reuniendo obra dispersa de su padre para donarla a la pinacoteca madrileña en la que ahora se encuentra. Como curiosidad, y con esto terminamos, añadimos que es su hijo quien se encuentra al lado de la modelo con la que trabajaba su padre en el bonito cuadro "La confesión" (1883). El niño contaba con 14 años.