martes, 7 de noviembre de 2017

La investigación criminal en el siglo XIX

En 1893 el juez austriaco Hans Gross publicó Manual del Juez como Sistema de Criminalística, un libro que contenía todos los conocimientos científicos y técnicos que se aplicaban entonces a la investigación criminal. En él, definía la Criminalística como el conjunto de conocimientos y técnicas para el análisis sistemático de las huellas dejadas por el culpable. Fue precisamente a raíz de la publicación de este libro cuando se comenzó a usar el término «Criminalística», aunque a lo largo del siglo XIX tuvieron lugar muchos episodios decisivos para el desarrollo de esta disciplina. Veamos algunos.  


Si hay un personaje crucial en la historia de la investigación criminal del siglo XIX ese es François Eugène Vidocq. En 1809 el más famoso delincuente francés de su época, Vidocq, decide cambiar de bando y ofrece sus servicios como informador a la policía. Poco tiempo después se convierte en el primer director de la Sûreté Nationale. Son incontables los avances en investigación policial que se asocian al nombre de Vidocq. 



De él surge la idea de crear el primer cuerpo de policías de paisano de Francia, la mayoría de ellos exconvictos, quienes se infiltraban entre los criminales más peligrosos después de haber sido entrenados en técnicas de memorización del rostro. El mismo Vidocq lo hacía, a pesar de ser más que conocido en los bajos fondos, gracias a su legendaria habilidad para el disfraz. A él se le atribuye la iniciativa de abrir expedientes con las pesquisas de los casos, así como la elaboración de uno de los archivos de delincuentes más exhaustivos del siglo (sus fichas contenían la descripción física, los apodos, las condenas, los modos de actuación y hasta, en algún caso, registros caligráficos). Vidocq hizo hincapié en que los hombres a su cargo no se limitaran a actuar después de cometido un delito, sino que incluso trataran de evitarlos, por lo cual dio mucha importancia al desarrollo de técnicas de vigilancia de sospechosos. Durante los años que estuvo al frente de la Sûreté Nationale sus resultados fueron espectaculares, y si bien estamos en una época en la que la contribución de la ciencia al campo de la investigación es aún escasa, Vidocq puede considerarse como el primer impulsor de la Criminalística tal como la entendemos hoy en día, por la gran importancia que dio a la observación minuciosa del escenario de un crimen y a la cuidadosa recogida y custodia de los hallazgos encontrados.

En el Manual del Juez como Sistema de Criminalística, Gross consideraba imprescindible que las pisadas halladas en el escenario de un crimen sean cubiertas con cajas para evitar así que pudieran alterarse o incluso borrarse. Muchas décadas antes Vidocq ya elaboraba moldes de yeso para recoger las huellas de zapato dejadas en el lugar del crimen.



Habría que esperar hasta muy avanzado el siglo para que las huellas dactilares fueran aceptadas por un tribunal como prueba y gracias a ellas se pudiera condenar a una persona. Fue en el año 1892 en Necochea (provincia de Buenos Aires, Argentina). Una mujer acusada de haber asesinado a sus dos hijos fue condenada por las huellas que dejaron sus dedos ensangrentados. El inspector al cargo de la investigación había utilizado una nueva técnica (la de las impresiones digitales, como se denominaban entonces), difundida en Argentina por Juan Vucetich, uno de los padres de la Dactiloscopia, junto con el antropólogo inglés Francis Galton, quien ese mismo año publicó Huellas dactilares, donde se describía un novedoso sistema de clasificación de las huellas digitales.















Vidocq es considerado, una vez más, el pionero en la aplicación de los estudios de balística para el esclarecimiento de un crimen. En 1822, por sugerencia de Vidocq, se extrajo una bala del cadáver de una dama asesinada, presuntamente por su marido al conocer que ella le era infiel. Al comparar el proyectil extraído con la munición usada en las pistolas de duelo del marido, se descartó a éste y se pasó a sospechar del amante de la víctima, quien terminó por confesar el crimen.

Otra de las más destacadas figuras de esta disciplina en el siglo XIX es Henry Goddard, miembro del cuerpo de policía londinense de los Bow Street runners. En 1835, Goddard se percató de que la bala encontrada en el cuerpo de una víctima tenía una peculiar protuberancia. Entonces era común que los poseedores de armas fabricasen sus propios proyectiles con plomo fundido, usando un molde, y precisamente eso fue lo que Goddard halló en la casa del principal sospechoso, un molde con una hendidura que encajaba a la perfección con la protuberancia de la bala. Con este molde, el perspicaz y metódico policía fabricó otro proyectil, el cual, comparado con el que se extrajo de la víctima, sirvió de evidencia e hizo que el asesino confesara, constituyendo un hito en la historia de la balística.

En 1840, por primera vez en la historia se dicta una condena de asesinato gracias al análisis toxicológico de los restos exhumados de un cadáver, el de un ciudadano francés apellidado Lafarge. La condenada fue Marie, su joven esposa, de quien desde un principio se sospechó que había envenenado a su marido con arsénico. El insigne médico que mediante el novedoso test de Marsh, demostró la presencia de arsénico en los restos de la víctima fue un español, Mateo Orfila, una de las figuras clave en la historia de la toxicología forense, aunque su dictamen en aquel caso no estuvo exento de polémica. Marie, que siempre defendió su inocencia, escribió sus memorias en prisión, desde donde se carteó con ilustres personajes de la época, como Alejandro Dumas. En junio de 1852, enferma de tuberculosis, fue puesta en libertad por gracia de Napoleón III, muriendo a los pocos meses.


                                                                Grabado de Marie Lafarge

Las más antiguas fotografías de criminales que se conservan son cuatro daguerrotipos tomados en Bruselas en 1843. En la segunda mitad del siglo se crean diversos ficheros policiales de personas procesadas, para así poder identificar a los criminales en caso de reincidencia al salir de prisión. Sin embargo, estos archivos resultaron poco prácticos: lo habitual era que los delincuentes dieran nombres falsos (los documentos de identificación carecían de imagen) y la búsqueda manual de las fotografías en los ficheros era tan rudimentaria y farragosa que no es extraño que, incluso en el caso de disponer de una fotografía previa del sospechoso, ésta no se llegase a localizar.

En 1883 se identifica en París al primer delincuente reincidente gracias al método de identificación antropométrico diseñado por Alphonse Bertillon, el cual se basaba en la medición de distintas partes del cuerpo, registradas en una ficha a la que se adjuntaba una fotografía de frente y otra de perfil. Pese al éxito inicial, su método se puso en entredicho tras encontrarse dos individuos cuyas medidas eran iguales, y se abandonó, casi por completo, al extenderse la identificación por huellas dactilares.

De Bertillon es también un sistema para fotografiar la escena del crimen, en el cual se incluye el empleo de un testigo métrico junto a los elementos fotografiados, y suya es la recomendación de tomar las fotografías antes de que se produjera cualquier manipulación del escenario del crimen.

La publicación del Manual del Juez como sistema de Criminalística de Hans Gross marca un antes y un después en la historia de la Criminalística, aunque el notable avance de la investigación criminal en el siglo XIX no hubiese sido igual sin las incontables aportaciones a este campo de Eugène-François Vidocq, quien de manera voluntaria pasó de ser uno de los delincuentes más temidos de Francia al policía más eficaz del siglo. Eficacísimo tanto en la resolución de casos como en la prevención del delito, este policía francés, un adelantado para su tiempo, puede ser considerado el padre, o al menos el abuelo, de la Criminalística.

Fuente: Javier Alonso García-Pozuelo, licenciado en medicina, docente, autor del blog “Cita en la Glorieta” y escritor de “La cajita de rapé” (Maeva, 2017), novela policiaca ambientada en el Madrid de 1861 en este enlace

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